MEMORIAS DE ALCATRAZ (2): La torre fantasma.

El viento ululaba a través de las rendijas de la puerta y las ventanas. No encajaban bien dejando espacio para que se colara también el frío y el agua. Soplaba con tanta fuerza que hacía crujir la vieja madera descolorida y cuarteada, aumentando la sensación de desamparo. Era su primera noche de guardia y se sentía sólo a pesar de tener a dos compañeros durmiendo en la parte de abajo. Ellos ignoraban la tormenta, a la que se habían acostumbrado después de varios meses en aquel inhóspito lugar. Cuando miraba por la ventana sólo veía oscuridad. De vez en cuando un rayo la rasgaba y el resplandor dejaba ver, por unos instantes, el monte y el camino que rodeaba el torreón. Corrían muchísimas leyendas sobre aquel lugar, casi ninguna buena. Afectaba tanto al entorno hostil como a las personas que allí convivían. La noche anterior tampoco había podido dormir por culpa de la cama y las chinches que la habitaban, de los ronquidos, del frío y del pavor que sentía. Aquello más que un paréntesis en su vida , era una fractura en la juventud que nunca recuperaría aunque sobreviviera. Acababa de empezar pero ya sabía que le dejaría una huella profunda: a unos metros bajo tierra o en su alma.

Se había puesto una manta roñosa sobre el tres cuartos de invierno y llevaba calado el pasamontañas. Sólo quedaban expuestos a la intemperie los ojos. Le faltaba oxigeno y a veces se ponía delante de la rendija para notar cómo el aire le entraba directamente por los orificios nasales que también los tenía cubiertos. Pero no era aire lo que necesitaba sino sosiego. Lo que le impedía respirar bien era la angustia. Le castañeteaban los dientes de miedo y de frío y con los dedos agarrotados sostenía el pesado fusil. Los de la mano derecha en el gatillo y si hubiera tenido que actuar súbitamente no hubiera podido por la rigidez de su dedo índice. Le habían contado, mientras hacia el largo viajé desde la capital hasta lo que sería su nuevo destino, los innumerables sucesos misteriosos de aquel lugar. Le habían hablado de muertes accidentales, de suicidios, de luces misteriosas, de fusilamientos, de fantasmas y almas que vagaban por el polvorín. Se decía que los soldados que vivían allí acaban un poco trastornados porque la deshumanización gobernaba aquel lugar. Le habían dicho que era como una ciudad sin ley o mejor dicho como una especie de presidio enorme del que era imposible escapar. Le contaron, entre risas, que aquel destacamento recibía el sobrenombre de Alcatraz.

El viento lanzaba las diminutas gotas sobre el cristal de la ventana y estas se quedaban adheridas a él impidiendo una buena visibilidad de la nada. Se entretenía contando las burbujas colgantes de aquel lienzo transparente. Aunque le quedaba poco tiempo para acabar su turno, sabía que haría la noche entera, que ninguno de los veteranos que dormían en la parte inferior lo relevarían. Decían que formaba parte del adiestramiento extraoficial. Novatadas lo llamaban, pero en realidad se trataban de vejaciones. Con algunas, especialmente salvajes y crueles, se perdía definitivamente cualquier rastro de inocencia que se conservara. Sabía que no lo soportaría.

Diez años más tarde.

Se encendió un indicador rojo de la centralita. Eso no era ninguna novedad porque estaba lleno de puntitos de luz que parpadeaban continuamente. Lo que le llamó la atención es que nunca había visto iluminado ese. Un escalofrío le recorrió toda la espalda. Repasó el orden de los pilotos y el mapa de la centralita para confirmar que no se trataba de un error. Confirmó que correspondía a la torre de vigilancia de la que nadie quería hablar. Le dio varios golpecitos para ver si se apagaba y nada, permanecía brillando con aquel rojo intenso. Era la única señal luminosa del panel. No tocaba todavía hacer la ronda de novedades con las torres y por ser de noche tampoco había actividad telefónica exterior. Así que resplandecía solitariamente como para llamar todavía más la atención. A pesar del frío le sudaban las manos. Se las secó, descolgó el auricular y marcó el numero de la torre correspondiente. Al otro lado nadie contestó. Un ligero rumor de interferencias era lo único que recibió como respuesta. Colgó de inmediato. Necesitó varios intentos para hacerlo correctamente porque le temblaba todo el cuerpo. Se giró sobre su silla y vio al alférez de guardia leyendo un libro sobre leyes y no quiso molestarlo. Afuera llovía y relampagueaba. El viento golpeaba con furia sobre todo el edificio haciendo vibrar los cristales de las ventanas. La habitación donde se encontraba la centralita actuaba como puesto de mando. Era pequeña y apenas tenía espacio para moverse las dos personas que allí convivían durante toda la noche. Tomás, que no daba crédito a que el oficial no se hubiera percatado de la señal luminosa, decidió ir en busca del cabo.

¡Gallego, despierta! —le dijo al oído mientras el cabo dormía en el cuarto de retén.

¿Cómo? ¿Qué pasa bulto? Dirígete correctamente , soy tu cabo y lo que es más importante: tu abuelo aquí dentro.

Cabo abuelo, tendrías que venir a ver algo muy extraño —Le dijo Tomás.

¿De qué se trata?

Se ha encendido un piloto de una torre.

Pues vaya novedad —dijo en un tono burlesco—. Mira qué es lo que quieren…

Nadie contesta. Se trata de …

¿Qué cojones significa eso de que no te contestan? Si han llamado ellos por algo será. ¡Vuelve a intentarlo y déjame dormir!

Imposible.

Al decir eso el cabo, José Gallego, se levantó con tanta rabia que se golpeó la cabeza contra la litera de arriba. Eso terminó por despertarlo del todo, cogió a Tomás por la pechera y zarandeándolo le dijo:

¡Serás imbécil! ¿De qué coño me estás hablando?

El piloto que se ha encendido es el de la torre número 13.

Gallego se quedó mudo de golpe. Miraba al bulto telefonista con una mezcla de incredulidad y cólera. No sabía si ponerse a llorar o darle una coz en el culo. Por otro lado pensaba que no se atrevería a despertarlo y decir tamaña tontería si no era verdad.

Vamos a ver…¿Esa no es la torre que permanece cerrada desde hace años?

Así es.

¿Entonces?

Ven y compruébalo tú mismo —le contesto Tomás con exasperación.

¿Tú sabes lo que ocurrió Allí?

Algo me han contado, pero llevo muy poco tiempo aquí. Una semana para ser exacto.

Ese puesto está arrestado desde hace diez años. No hay nadie allí vigilando. Nadie puede haber llamado por el teléfono interno.

Hacía años que nadie había entrado en la torre número 13. Corrían varias versiones por el destacamento. Seguramente era una sola , pero con los años se había ido adulterando y según quien la contara el protagonista era uno u otro. La más común hacía referencia a un bulto que no pudo resistir el nivel de crueldad de las novatadas y se suicidó en su primera guardia. Se decía que su alma quedó vagando para siempre por la garita impidiendo que los que pasaron más tarde por allí fueran incapaces de concentrarse en la tarea de vigilancia. Contaban que escuchaban continuamente una presencia irreal que gimoteaba durante toda la noche. Cuando la enfermería se llenó de soldados desequilibrados con la misma psicopatía se clausuró para siempre la torre de vigilancia número 13. Como suele ser habitual, el ejército, con sus peculiares formulaciones, no dejaba de aportar suculentas sentencias para inspirar grandes relatos. De esta forma lo que habían hecho con aquella pequeña construcción era arrestarla de por vida, como habían hecho años atrás también con la piscina, que permanecía vacía como escarnio ante la presencia de todos. El torreón, con los años, fue adquiriendo un aspecto fantasmagórico lo que ayudó a aumentar la leyenda sobre lo que allí había ocurrido. Nadie se atrevía a transitar por los alrededores y mucho menos a entrar.

Corría otra versión , que competía con la primera, que hacía referencia a un veterano al que le quedaban menos de dos días para licenciarse y que se voló la tapa de los sesos. Decían que no pudo soportar los remordimientos de todos los abusos que había ejercido sobre los nuevos, pensado que tenía derecho a resarcirse de las crueldades que él mismo había sufrido. Con el paso de los meses, los soldados se convencían, unos a otros, de que se tenía que mantener esa tradición. Era como una solución de continuidad donde se transmitían la múltiples formas de ultrajar a los recién llegados.

Había una tercera a la que la gente le daba menos crédito porque sólo era contada por los reclutas. Con ella trataban de lanzar un mensaje de resistencia y heroicidad porque contaba la historia de una venganza. Un chaval que nunca lo había tenido fácil en su vida y que acabó en aquel lugar como último recurso de sus padres para intentar enderezarlo, solo soportó una vejación y porque le sorprendió. Al veterano que se la hizo le descerrajó un disparo cuando coincidieron allí en una guardia. No le dio tiempo ni a abrir la boca.

¡Lo ves inútil! No hay ninguna actividad en ese puesto, el piloto no está encendido.

Pero te aseguro que…

¡Cállate, perro! Me has despertado para nada.

Cuando estaba a punto de abandonar la habitación un parpadeo nervioso se ilumino de nuevo en el panel. Otra vez la torre numero 13.

¡Joder, Mira!—vociferó Tomás.

No puede ser. Es la torre fantasma…Pero allí no hay nadie.

Pues ya ves, no son imaginaciones mías.

Contesta.

¡Hazlo tú…Yo estoy cagao!

¡Cobarde cabrón! Ya te ajustaré cuentas…

El cabo descolgó el auricular. Al otro lado no se escuchaba nada, solo unas interferencias que le provocaron un temor que no había sentido nunca. Le costó articular palabra. Quería disimular, pero no podía: estaba aterrado.

Quien anda por ahí. No me jodáis… Con esto no se bromea… ¡Cabrones!

Las interferencias aumentaron como si alguien estuviera intentado sintonizar una emisora desde el otro lado. Los pelos se les pusieron de punta. Cuando estaba a punto de colgar, muerto de pánico, una voz de ultratumba parecía distinguirse entre las ondas:

¡Socorro! ¡Sacadme de aquí! ¡Ayudadme, por favor!

La frase se repetía una y otra vez y cada vez era más nítida.

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PRESENTACIÓN BAJO SOSPECHA

El día no podía ser más desapacible. Llovía a cántaros y las previsiones no eran nada esperanzadoras. Era el día perfecto para quedarse en casa y dejarse arrastrar por la melancolía. El sonido de las gotas golpeando sobre los cristales y la barandilla metálica de su balcón lo relajaba tanto que lo sumergía en una prolongada somnolencia. Vegetaba durante horas y se abrazaba a la modorra escuchando (porque no podía abrir los ojos) lo que por la televisión emitían. Lo sacó del trance el desagradable sonido del teléfono móvil. Tenía como melodía el zumbido de los antiguos aparatos porque le costaba desprenderse de las cosas tradicionales o como le decía su compañero mucho más joven que él: “Estás hecho un carcamal”. Era su día libre y le puso de muy mal humor tener que contestar.

Cubierto con una gabardina roñosa de color gris, homenaje a Colombo (una serie de policías de los años setenta), penetró en la cortina de agua que le aguardaba al salir del portal. La temperatura no era muy baja, pero sabía que la humedad se introduciría en su cuerpo sin pedir permiso. Éste arrastraba tantos años de maltrato que ya no tenía fuerzas suficientes para expulsarla, así que sabía que se pasaría el resto del día tiritando de frío. El paraguas era incapaz de repeler tanta agua y se filtraba por las viejas costuras. Mientras sorteaba charcos sin éxito, blasfemaba en voz alta como tenía costumbre, pero esta vez nadie le escuchaba porque no corría ni un alma por la calle.

La llamada que había recibido era del capitán que lo envió a un evento donde, según un chivatazo, se podía estar preparando algo gordo.

¿Cómo de gordo?

Muy gordo. Usted es el mejor sabueso que tengo, vaya a indagar.

«¡Muy gordo, muy gordo! La madre que lo parió. Éste me quiere joder la jubilación». Siguió despotricando hasta llegar a la dirección que le había indicado.

Visto desde fuera el lugar no llamaba la atención. Se trataba de una especie de cafetería antigua sin ningún atractivo exterior que la hiciera acreedora de largas colas para acceder como sí sucedía con los locales de moda del centro de la ciudad. A él le pareció un tugurio como los que acostumbraba a visitar las noches de soledad insoportable, aquellas en las que buscaba el amor forzado con parné.

Con los pies empapados, se adentró pensando más en refugiarse que en investigar. La sorpresa se la llevó al comprobar que el local estaba lleno a rebosar. Había gente de todas las edades y condición que departían unos con otros formando pequeños grupos. Reían, se abrazaban y brindaban con vino. Le hizo gracia esa contradicción pues al entrar pasó bajo un letrero que ponía Champañería. También le llamó la atención la decoración. Estaba repleto de muebles viejos, antigüedades y un sinfín de libros. Para nada parecía un bar y mucho menos una coctelería. Aparentemente todo era normal y aquella gente no tenían el aspecto de los sospechosos habituales.  

Se dirigió al único que, aparentemente, no estaba de juerga. Éste estaba dando instrucciones en todo momento sin perder el control. Se trataba de un tipo alto, delgado y con aire despistado.  

Buenos días, soy el Inspector Mendoza, ¿Me podría decir qué está sucediendo aquí?

Disculpe usted señor policía, pero ahora mismo no lo puedo atender. Mi compañero, aquel que lleva la cámara fotográfica, le prestará atención gustosamente.

Se lo dijo de una forma tan elegante que Mendoza pasó por alto el haber sido ignorado. El hombre que portaba la cámara colgando del cuello había observado toda la escena y no se sorprendió cuando el inspector se acercó y le preguntó:

¿Me va ha explicar qué carajos están haciendo aquí con el día de perros que está haciendo?

Y usted es…

El inspector Mendoza, de la comisaría central.

¿Hemos hecho algo malo?

Las preguntas las hago yo.

¿Quiénes son ustedes?

Unos amigos que nos hemos reunido aquí para disfrutar de la lectura.

Sí claro, ya lo veo. Lo mejor es ponerse hasta arriba de vino antes de leer. ¿Me está tomando el pelo?

No señor. Nunca bromeo con eso porque como puede comprobar yo ando también escaso.

Es usted muy gracioso.

Sólo a veces. Pero no pretendía ofenderle estamos de fiesta

¿Se conocen todos?

La verdad es que no. Y los que sí, muy poco.

Explíqueme eso.

Venimos de distintos puntos de la geografía española. Unos cuantos nos conocemos por las redes sociales y con otros es la primera vez que nos vemos. Todos tenemos en común el amor por los libros y el placer por escribir.

Parecen excesivamente contentos.

Nos queremos mucho. Nos gusta besarnos, abrazarnos, dedicarnos halagos continuamente y desearnos buenos deseos como si no hubiera un mañana.

Son ustedes un poco raros.

Bueno, yo diría que somos un grupo muy variopinto.

El policía no sabía si le estaban tomando el pelo o se trataba de una broma de sus compañeros de trabajo. Miraba continuamente por los rincones de aquel espacio en busca de alguna cámara oculta con la que se estuvieran partiendo el culo en la comisaría. «No pueden ser tan crueles». Le quedaba pocos meses para jubilarse y era víctima de todo tipo de guasas. Nadie se imaginaba a Rigoberto Mendoza en otra situación que no fuera la de perseguir el crimen con sus peculiares y trasnochados métodos.

Paseó la mirada con más calma y pudo observar diferentes escenas. La mayoría cargadas de una alegría desbordada que a él le parecía exagerada porque no estaba acostumbrado a esas muestras públicas de cariño.

Unas mujeres muy elegantes y con suficiente experiencia acumulada sobre sus cuerpos, se comportaban como adolescentes, dando saltos de alegría, abrazándose con todo el mundo y repartiendo besos. El fotógrafo no quería perder detalle, pero eran tantos los momentos especiales que andaba frenético. En otro rincón veía a diversas personas  portando un libro en la mano y reclamando que alguien se los firmara. Los más jóvenes se había hecho un hueco en la barra y compartía anécdotas y recuerdos con unas cervezas en la mano.

Habían algunas familias enteras que disfrutaban de todo aquello como si se tratara de un día de feria. En el centro de la sala el hombre de aspecto despistado parecía pelearse con un ordenador que no funcionaba. Otros iban y venían sin rumbo aparente, pero siempre con una amplia sonrisa en la boca. No dejaba de entrar gente y no tardó en bloquearse la entrada. Todo estaba amenizado con las notas de un piano que tenía fuera de su visión.  Afuera seguía lloviendo pero no parecía importarle a nadie. Los más listos ya se habían aposentado a la espera de que comenzara algo, pero Mendoza todavía no sabía el qué.

¿Todavía no me ha dicho qué hacen aquí? —se interpuso en el camino de tipo de la cámara.

Hemos venido para la presentación de un libro.

¿Y para eso han elegido el peor día del año?

No nos importa. Hay tanta ilusión flotando en el ambiente…

¿Y de quién es el libro?

De muchos autores. Es una recopilación de relatos. Muchos de ellos están aquí…

¿Y cómo se se titula?

«El año que escribimos peligrosamente».

Mendoza se quedó pensativo otra vez al escuchar el título. No pudo evitar pensar que se trataba otra vez de una broma pesada de sus compañeros. «¡Qué graciosos!»

Entonces… ¿Aquí no va a morir nadie?

Como no sea por una hiperglucemia…

Ahora no le sigo.

Me refiero al exceso de azúcar. Tantas muestras de cariño, amor y buenas intenciones pueden ser perjudiciales para la salud… Somos como el movimiento hippy de los años sesenta —sonrío con ironía.

Pues sí, la verdad es que los veo un poco empalagosos.

Debería leer el libro y verá de qué son capaces de hacer con la imaginación. Está ante unos asesinos en potencia —soltó una enorme  carcajada ahora.

Mire usted…

No se enfade, era un broma. Le voy a regalar un libro.

No leo mucho.

Nunca es tarde para empezar. Aquí tiene una muestra de los mejores escritores del momento, aunque todavía no son muy conocidos…

El que actuaba como jefe de todo el cotarro, daba inicio a la presentación después de haber superado los problemas tecnológicos.

Bueno les dejo con su festival.

¡Quédese! Le gustará.

Sin crimen no hago nada aquí.

Espérese al final y mataremos el hambre.

EL COMPAÑERO DE VIAJE

¿Es usted escritor?

Lo intento.

¿Está escribiendo una novela?

Más o menos.

¡Está bien lo que ha escrito!

¿Lo estaba leyendo?

Disculpe no he podido evitarlo. Lo he visto tan entusiasmado golpeando las teclas del portátil y el viaje es tan largo que el deseo ha sido más fuerte que la prudencia…

¿Siempre hace eso?

¿Espiar?

No, hablar de esa manera.

La vedad es que no , pero usted me ha inspirado respeto .

¿Me está llamando viejo?

¡Por Dios! Nada más lejos de mi intención. Me refería a lo concentrado que estaba escribiendo. Siento una profunda admiración por quien es capaz de imaginar una historia como la que está escribiendo ahora.

¿Y cómo sabe que es fruto de la imaginación? ¿Cómo sabe que no ha sucedido de verdad? ¿Cómo sabe que no soy un asesino en serie que como macabra firma escribe en forma de relatos los asesinatos que ha cometido?

Porque eso ya está inventado

¿Le parezco poco original?

No me parece un asesino.

Nunca se puede fiar de quien se sienta a su lado.

Correré el riego porque me gusta leer.

¿Es usted un cotilla?

Me refiero a que me gusta leer cualquier cosa.

Quizá sea una desviación peligrosa.

¿leer?

No, espiar lo que escriben otros.

Ya le he pedido disculpas. Si quiere me cambio de asiento.

El comienzo no fue muy esperanzador. Llevábamos poco más de media hora de viaje y todavía quedaban tres por delante. Tenía como compañero a un joven extrovertido y fisgón que debería venir de algún campamento de verano porque llevaba atado al cuello uno de esos pañuelos de aventureros que solo ellos saben qué significado tienen los diferentes colores de esa prenda. Insolente y lenguaraz como corresponde a su edad hormonal, no paraba de interrumpirme entusiasmado con lo que estaba escribiendo compulsivamente en uno de esos escasos momentos de inspiración torrencial. Yo quería aprovecharlo porque cada vez eran menos frecuentes y no podía dejar ir descontroladamente a mi imaginación porque allí estaba él preguntando continuamente sobre lo que escribía. Al menos no me daba consejos ni me sugería escenas o personajes, se limitaba a preguntar como cuando un niño comienza a descubrir las sutilezas del lenguaje.

Puesto que ya somos amigos…

De eso nada. Somos compañeros de viaje.

Bueno, no se ponga así. Llevamos ya dos horas juntos compartiendo la historia que está plasmando en esa relato…

Pues se habrá dado cuenta que se trata de un asesinato.

Lo intuyo pero todavía no lo capto.

De eso se trata.

¿Me está llamando tonto?

No muchacho, no —me mostré por primera vez condescendiente—. Me refería a ir mostrando poco a poco la trama sin descubrir el desenlace hasta el final y mantener al lector enganchado durante toda la lectura.

¡Puag! Eso es una mierda. Las novelas así son lentas y aburridas. Hay que ir al grano desde el primer momento. Ación y más acción….y sexo, claro. El sexo es importante.

Pero escribir no es hacer una película.

¿Cómo que no? Pues entonces qué gracia tiene si uno no lo puede ver plasmado en una pantalla.

El cine es tu cerebro cuando lees. La imaginación es la proyección…¿Lo entiendes?

¿Y las palomitas? ¿Cómo las metemos en el cerebro?

No pude evitar sonreír. Me caía bien el chaval aunque era un incordio. Miré al frente y observé como el marcador de velocidad alcanzaba los 300 Km hora. Mi compañero ocasional se mostraba entusiasmado con ello.

Impresionante la velocidad del bicho este. Así deberían ser las novelas.

Como tu vida , ¿no?

Vive deprisa y deja un cadáver joven….¿quién dijo algo así?

«Vive rápido , muere joven y dejarás un bonito cadáver»

Esa , esa , ¿de quien es?

Precisamente corresponde a un dialogo de una película aunque erróneamente se le atribuye a James Dean.

Impresionante la corta historia de ese actor.

Yo puedo ayudarte a ser un bonito cadáver si es eso lo que quieres.

Venga vamos, ¿me va a meter en su novela?

Él soltó entonces una enorme carcajada como si un colega suyo le hubiera explicado uno de esos chistes tan básicos y absurdos que uno no recuerda por qué hacen tanta gracia cuando eres joven.

Ustedes dos, ¿pueden bajar la voz? —nos interrumpió la usuaria del asiendo delantero.

Disculpe señora, ¿pero acaso este es el vagón del silencio?

No le haga caso —intercedí—.Le pido disculpas.

No hable por mí, que ya soy mayorcito.

Pues demuéstralo y no dejes en mal lugar a tus padres —volvió a intervenir la señora molesta.

No miente a mis padres, se ha metido donde no le llaman.

Vamos a calmarnos todos un poco o les hago bajar en la próxima estación.

Quien nos dirigió esa advertencia fue un empleado de la compañía que había sido avisado por otro pasajero. Nos quedamos en silenció durante unos minutos. Aproveché para reemprender mi relato y mi joven amigo se quedó ensimismado mirando por la ventana sin poder ver nada porque a aquella velocidad era difícil posar la vista sobre cualquier detalle.

¿Puedo saber de qué va entonces lo que está escribiendo?—dijo casi susurrando.

De un señor normal de apariencia digna y nada sospechosa, que comete sus crímenes en los trenes de larga distancia. Sobre todo se ceba con jóvenes preguntones que lo incordian constantemente.

Muy gracioso.

De Verdad. Este asesino se mueve constantemente por el país y comete sus crímenes al azar. Nunca en le mismo tren. No para más de una día en cada ciudad y siempre coge un tren diferente. Está en continuo movimiento y una vez cometidos los escribe también en los vagones. Estos los publica, con éxito, en otro idioma bajo un pseudónimo imposible de relacionarlo con su identidad y en las antípodas de donde comete los asesinatos. Nunca deja de estar en movimiento, se podría decir que vive en el tren de día y de noche pernocta en cualquier ciudad que esté en su recorrido. La policía lo conoce como «El misterioso asesino del tren». No tienen ninguna pista , no saben por donde empezar a buscar y no hay ninguna relación entre los muertos. La única constante es que se trata de viajeros del ferrocarril.

La que sonrió ahora era la pasajera que nos había interrumpido indignada antes, al ver como se quedaba mudo mi joven acompañante. Además de quedarse sin habla volvió a desviar la mirada hacia la ventana en busca de consuelo. Por primera vez deseó estar ya al final del trayecto. Le quedaba poco.

Proseguimos el viaje en silenció y yo pude completar mi obra. Me bajé en la siguiente estación con la ceremonia acostumbrada. Ya en el andén me quedé observando la ventanilla donde el joven tenía apoyada la cabeza sin vigor alguno. La mitad de la cara empotrada contra el cristal dándole una aspecto fantasmagórico muy propicio para la ocasión. Como un muñeco de trapo yacía inerte aquel cuerpo larguirucho. Sonreí maliciosamente mientras observaba como el tren arrancaba sin que nadie lo hubiera advertido.

Diez minutos más tarde despertó sobresaltado. Se había quedado dormido profundamente, seguramente como medida de protección (reminiscencias de cuando era niño de teta) ante lo que no le gustaba. En tan poco tiempo tuvo una pesadilla de la que se había despertado bañado en sudor y totalmente lívido. En ella un señora de edad inclasificable , pero que bien podía ser su madre, le había rebanado el cuello con un corta uñas y le había arrancado la oreja de un mordisco. La señora había perdido los nervios porque le molestaba su tono de voz. Abrió bien lo ojos para confirmar que estaba ya en el mundo real y se dio cuento que estaba solo. Se dirigió a la pasajera intransigente:

¿Ha visto al señor que estaba a mi lado?

Esta no contestó. Se incorporó y adelantó su cuerpo para aproximarse a ella. Le dio unos golpecitos en el hombro para llamar su atención y el cuerpo de ella se desplomó sin que nada ni nadie pudiera frenarlo. Quedó tendido de forma caprichosa en el suelo del vagón, quedando el torso y la cabeza en medio del pasillo a la vista de todos. El resto de pasajeros se alarmó inmediatamente y no tardaría en llegar el revisor. En ese momento el joven de dio cuenta que tenía las manos ensangrentadas. Apoyó su espalda de nuevo sobre el respaldo para tomar aire y para no llamar la atención. Le costaba respirar. No se podía creer que le estuviera ocurriendo aquello: era exactamente igual que lo que estaba escribiendo su desaparecido compañero. Se daba golpes en la cara para asegurarse de que no era una pesadilla. Sobre el asiento vacío un trozo de papel le llamó la atención. Era una nota. La cogió y la leyó:

«A ver cómo explicas esto a la policía. Ha sido un placer compartir el viaje contigo»

RAYANDO LA PERFECCIÓN

La modestia no era su principal virtud, aunque no se merecía la reprobación por ello. Era pulcro, ordenado, detallista, exigente, perfeccionista…Era insoportable. Una de esas personas tan repelentes a las que nunca quieres tener cerca porque acaba ridiculizándote al encontrar siempre algún defecto en tus formas. El interior no le preocupaba tanto porque no se podía representar físicamente y con elegancia.

No toleraba que la gente incumpliera las normas establecidas, ya fuera en el trabajo, en la sociedad, en la comunidad de vecinos , en la circulación e incluso con hacienda. Él nunca se las saltaba ni las cuestionaba. Tampoco aceptaba que lo hicieran con las suyas cuando le tocaba ser a él quien las impusiera. Eso le granjeaba más de un enemigo y numerosos conflictos porque era intransigente.

Trabajaba con tesón y perseverancia esperando lo mismo de los demás. Acabó casi siempre defraudado y se convirtió en un insatisfecho crónico. Se entregaba con devoción a cualquier tarea que se propusiera o le encomendaran. Esperaba siempre ser correspondido cuando colmada de cumplidos a algunas de las pocas personas que admiraba. Tampoco solía recibir respuesta positiva, todo lo contrario: veía como la gente se evaporaba cuando él hacía acto de presencia. Impartía las lecciones (siempre magistrales) de forma ejemplar. Sus clases siempre estaban llenas de alumnos pues nadie se quería perder sus ponencias ni su puesta en escena.

Vestía de forma exquisita. Con buen gusto y buena cartera para adquirir prendas únicas que no originales. Nunca un botón desabrochado, una corbata torcida o unos zapatos sin abrillantar. Nunca sin un pañuelo sobresaliendo del bolsillo de la americana o unos gemelos bien alineados cerrando las mangas de la camisa de cuello italiano. Cuadriculada , por supuesto. El pelo perfectamente cortado «a la navaja» y engominado después. Afeitado siempre aunque fuera necesario hacerlo dos veces al día.

Como anfitrión era perfecto. Agasajaba a su invitados con los mejores manjares, platos llenos de armonía nutritiva y perfectamente maridados con buenos vinos de todos los colores. El colofón siempre era con Champagne francés. Ni en esas ocasiones especiales se permitía el lujo de romper sus propias disposiciones e ignoraba esos excelentes caldos.

No fumaba, no bebía y su alimentación era equilibrada, ligera y adaptaba diariamente a las calorías que necesitaba. Así el día que le tocaba hacer deporte era una com más proteínas y carbohidratos que los días más sedentarios donde abundaban entonces las verduras y frutas. No dejaba nada al azar. Todo lo tenía controlado y previsto en su casa. Sabía exactamente a qué hora se tenía que levantar y se aseaba siempre con el mismo ritual. Y así durante todo el día. Naturalmente no sabía improvisar y cuando le asaltaba un sobrevenido casi siempre le daba un soponcio. Se ponía enfermo de ansiedad y más de una vez acababa en el hospital, con la bolsa y el neceser preparados por si se tenía que quedar ingresado. Llegó a creerse que podía dominar su destino …y el de los demás.

Con sus hijos era estricto y poco condescendiente. Pretendía construirlos a su imagen y semejanza. Los aleccionaba moralmente para que fueran individuos socialmente perfectos, como él. No les faltó de nada si dejamos fuera del recuento la empatía, la tolerancia, la flexibilidad y el perdón. Lo que más odiaba en el mundo eran la debilidades humanas y quería que los de su estirpe fueran inmunes a esa falta de carácter.

Siendo así no es de extrañar que aquel día casi perdiera la vida por la vergüenza y el escarnio público que sufrió. Por fin tomaba de su propia medicina. No le ofendía tanto el menosprecio de los demás sino el suyo propio. Todo lo que había edificado en base a una forma de vida perfecta de cara a la galería, se había ido al traste en un momento. Hasta su mujer y sus hijos lo sancionaban con sus miradas porque no se atrevían a manifestarse de otra manera.

Nunca pensó que sería un animal y no una persona quien lo pusiera en evidencia. Ese funesto día salió a pasear a su perro a las siete de la mañana, justo antes del aseo personal como marcaba su programa. El can tenía que hacer sus necesidades mayores y también las requerían el levantamiento de la extremidad posterior, a la misma hora y en las mismas farolas y rincones. Solía ser así casi siempre , pero en el reino animal las normas humanas no siempre se pueden cumplir y nunca son comprendidas. Humanizar a un perro es uno de los grandes errores de los que confunden respeto con igualdad.

El cachorro tuvo un apretón cosa bastante normal en cualquier forma de vida animal y humana. Se detuvo súbitamente de regreso a casa. Adoptó la postura para expeler sus miserias a pesar de los tirones que su dueño le daba para que desistiera de la idea porque no tocaba hacerlo ahora. Cabezón, el chucho siguió apretando y cerrando los ojos para concentrase al máximo y acabar con ese trance lo más rápido posible. Dejó una plasta compacta y formando una espiral geométricamente perfecta, como cabía esperar de su perro. El animalito levantó la mirada y sus ojos adoptaron una caída tristona para la que estaba especialmente dotado. Se la sostuvo de forma tierna y profunda como diciendo: «lo siento, no podía aguantar más, al menos ha quedado bonita…»

Ante esta adversidad no pudo reaccionar porque no lo había previsto. Pronto se percató de que no le quedaban bolsitas para recoger los excrementos. Solo había cogido una porque nunca necesitó dos, pero hoy su mascota había decidido hacerle la vida imposible. Se le vino el mundo encima, «¿y ahora qué hago?», se preguntaba. Mientras tanto el perro seguía con su mirada melancólica esperado una orden precisa para levantar las posaderas del suelo.

Se notó el pulso acelerado. Miró a hacia un lado y el otro. Miró también a su perro como buscando su aprobación. Como era de esperar esta no llegó no por ser un indisciplinado sino porque ni hablaba ni sabía interpretar a su dueño. Le dio un par tirones a la correa como indicando que se pusiera en marcha. El can no atendió porque sí sabía que antes de marchar aquel mazacote había que recogerlo. Esta vez el tirón fue tan fuerte que lo levanto del suelo. Siguió tirando de él hasta entrar en su casa dejando los pestilentes residuos allí donde los había depositado el cuadrúpedo.

Se dejó caer en el sillón abatido. Cuando recobró la serenidad repasó todo lo sucedido y se sintió reconfortado pensando que nadie le había visto. Pero nada más lejos de la realidad. A unos metros detrás de él, se encontraba viendo toda la escena uno de sus alumnos que también estaba paseado a su perro. Aquella visión de incivismo le dejó boquiabierto y no se le ocurrió otra cosa que gravar con su teléfono toda la secuencia.

AJUSTE DE PESADILLAS

Me desperté angustiado al notar como mis dientes se desprendían sin remedio de las encías. Me incorporé rápidamente para vez si podía frenar esa súbita deserción. Coloqué las manos en forma de cuenco para recoger las piezas que caían sin necesidad de ser escupidas. Cuando me quise dar cuenta noté como las encías chocaban certificando la defunción total de sus ocupantes. Mientras miraba mis manos repletas, pensaba en el atracón que se iba a pegar el «Ratoncito Pérez».

Pero mi congoja no acabó allí. Observé que estaba rodeado de pelos. Me palpé la cabeza y estaba totalmente desierta. Miré la almohada y allí estaba el manto capilar que había decidido abandonarme también. «No puede ser. Esas pesadillas nunca se habían mostrado a la vez y en el mismo sueño». Cerré los ojos pensando que cuando los abriera de nuevo todo volvería a la normalidad.

Pero no fue así. Escuché como la puerta de mi casa se cerraba de golpe. La luz del pasillo proyectó una sombra que no pude identificar. Salí huyendo por la ventana y ascendí por la escalera de incendios hasta la azotea. Miré hacia atrás y la sombra me perseguía. Desnudo, sin dientes y sin pelo seguí en retirada. Sabía que me pisaba los talones. Aunque quería no podía ir más deprisa, una fuerza invisible parecía frenarme. Llegué al abismo donde se acababa la terraza. Volví a mirar y no vi a nadie, pero sabía que estaba allí, escondida al amparo de alguna penumbra.

Tenía frío y el corazón desbocado. Noté como me empujaban y caía inevitablemente al vacío. Veía cómo se acercaba el suelo. «Definitivamente esto es un sueño». Intenté relajarme con esa idea. Cuando ya estaba cerca del final vi como un gato negro estaba justo debajo de donde debía aterrizar. Me miraba y no se apartaba. «Lo aplastaré, al menos me llevaré eso conmigo». Sonreí con ese pensamiento. «Pronto despertaré».

Me encontraron empotrado en el asfalto. El golpe fue tan fuerte que no me quedó un solo miembro en su sitio. El gato negro se estaba dando un festín.

ASHANTI

Milagros había visto de todo durante los tres años que llevaba en África como enfermera voluntaria, pero aquel día cambió su destino para siempre. Atendían un parto complicado de una mujer que estaba pariendo a sus gemelos prematuramente. Tuvieron que elegir si destinar todos los esfuerzos a salvar a los niños o a la madre. El médico decidió que eran los niños quienes debían tener la oportunidad porque ella estaba perdiendo mucha sangre.

La choza de cañizo que se utilizaba como quirófano estaba sucia y las moscas revoloteaban incansablemente. El hedor era insoportable y a él acudían, como buitres, famélicos gatos negros. Carroñeros que olían la sangre y daban vueltas alrededor de la mesa improvisada como paritorio a la espera de ese manjar en forma de vísceras y sangre.

Se quedó mirando a la madre que, sin decir nada, lloraba sabiendo lo que le esperaba. Su ojos muy abiertos parecían pedir la oportunidad que nunca había tenido. Para ella parir era una cosa cotidiana y ordinaria. Ya había proporcionado nueve hijos a aquella naturaleza salvaje que, contra pronóstico, todavía sobrevivían. Estaba acostumbrada a que nadie la mirara directamente a los ojos, a que nadie la tuviera en cuenta. Era invisible en aquella sociedad. Su marido la violaba tantas veces como quería desde que fue vendida por su propio padre. Por eso lloraba. Porque la vida nunca contó con ella. Si le hubieran preguntado, habría dejado que la naturaleza dictara sentencia y así quizá se podría ocupar de ella, de sus nueve hijos y esperar que a su marido lo matara alguna tribu enemiga.

Milagros compendió perfectamente la llamada de auxilio que aquellos expresivos ojos le lanzaban, pero no intentó hacer nada para cambiar la opinión médica que estaba tomada con buena voluntad pero con mentalidad occidental. Finalmente no sobrevivió ninguno. Ni los niños ni la madre.

¿Cómo se llamaba? —preguntó a la voluntaria nativa.

Ashanti.

¿Y qué significa?

Gracias.

EL LÍDER

Entró, como siempre, con una sonrisa y la barbilla bien alta. Los incisivos desprendían un destello canino como el que muestran los depredadores para embaucar a sus presas. Caminaba balanceando el cuerpo como los antiguos pistoleros esperando que lo aclamasen porque no se merecía menos. Saludó con evidente exageración confundiendo la cercanía con la payasada. Se colocó delante de las cámaras sin preocupación, concienzudamente y seguro de su atractivo personal. Abrió la carpeta llena de anotaciones esquemáticas con las que pretendía demostrar su pasado docente.

Se puso a hablar lentamente, marcando muy bien las frases y las entonaciones, poniendo calculadamente el énfasis en las palabras que quería que quedaran registradas en los cerebros de quienes le escuchaban. Hablaba impartiendo lecciones y sentencias. Era de esas personas que se escuchaba cuando hablaba y ponía una voz grave e impostada.

Se dedicó a expeler frases donde abundaban, hasta la saciedad, palabras como pueblo, expulsar, popular, casta, voluntad, lucha y expresiones como justicia social, revolución del pueblo, la lucha sigue, no olvidamos, etc… Lanzaba ideas y pensamientos sobre un mundo supuestamente perfecto, con las que era imposible estar en desacuerdo porque todo el mundo quería la paz, que las enfermedades fuesen erradicadas y que los niños no se murieran de hambre. Él hacía de eso su forma de ganarse la vida: obviedades revestidas de discurso ideológico vetusto.

Las masas le seguían porque decía lo que querían escuchar y él lo sabía. Cuando quería que el auditorio reflexionara sobre lo que había dicho, hacía una pausa para beber. Lo hacía lentamente con los ojos cerrados como si diera las gracias a la naturaleza por poder disfrutar todavía de el líquido elemento antes de que el capitalismo se lo cargara.

Cuando finalizó, empezó a aplaudirse para provocar y enseñar el camino que tenía que seguir la multitud que lo escuchaba. No permitió que nadie, que no estuviera pactado y preparado previamente, le hiciera preguntas. Solo entonces se retocó su melena perfectamente desaliñada y le dedicó una mirada a ella. Buscaba su aprobación, como un niño que busca la de su madre cuando le presenta las notas de final de curso.

¿He estado bien? —le preguntó una vez que se encontraban solos.

Muy bien. No has visto como se lo han tragado todo.

Creo que deberíamos cambiar un poco el contenido del discurso, es cansino y repetitivo.

Por eso es efectivo. De tanto repetirlo al final quedan las dos ideas principales claras y ¿es eso lo que queremos?

¿No se trata de gobernar?

Suerte que me tienes a mí. Se trata de que te sigan ciegamente. De que no se cuestionen nada de lo que dices. Solo en ese momento dominarás su voluntad y podrás decir que tu poder emana del pueblo.

Pero..

No hay nada que discutir. El fin justifica los medios. La democracia es para los burgueses…Lo nuestro es la revolución.

Y el revolcón, compañera. No te olvides.

Volvió a resplandecer en la habitación la sonrisa estudiada justo antes de que se besaran.