RAYANDO LA PERFECCIÓN

La modestia no era su principal virtud, aunque no se merecía la reprobación por ello. Era pulcro, ordenado, detallista, exigente, perfeccionista…Era insoportable. Una de esas personas tan repelentes a las que nunca quieres tener cerca porque acaba ridiculizándote al encontrar siempre algún defecto en tus formas. El interior no le preocupaba tanto porque no se podía representar físicamente y con elegancia.

No toleraba que la gente incumpliera las normas establecidas, ya fuera en el trabajo, en la sociedad, en la comunidad de vecinos , en la circulación e incluso con hacienda. Él nunca se las saltaba ni las cuestionaba. Tampoco aceptaba que lo hicieran con las suyas cuando le tocaba ser a él quien las impusiera. Eso le granjeaba más de un enemigo y numerosos conflictos porque era intransigente.

Trabajaba con tesón y perseverancia esperando lo mismo de los demás. Acabó casi siempre defraudado y se convirtió en un insatisfecho crónico. Se entregaba con devoción a cualquier tarea que se propusiera o le encomendaran. Esperaba siempre ser correspondido cuando colmada de cumplidos a algunas de las pocas personas que admiraba. Tampoco solía recibir respuesta positiva, todo lo contrario: veía como la gente se evaporaba cuando él hacía acto de presencia. Impartía las lecciones (siempre magistrales) de forma ejemplar. Sus clases siempre estaban llenas de alumnos pues nadie se quería perder sus ponencias ni su puesta en escena.

Vestía de forma exquisita. Con buen gusto y buena cartera para adquirir prendas únicas que no originales. Nunca un botón desabrochado, una corbata torcida o unos zapatos sin abrillantar. Nunca sin un pañuelo sobresaliendo del bolsillo de la americana o unos gemelos bien alineados cerrando las mangas de la camisa de cuello italiano. Cuadriculada , por supuesto. El pelo perfectamente cortado «a la navaja» y engominado después. Afeitado siempre aunque fuera necesario hacerlo dos veces al día.

Como anfitrión era perfecto. Agasajaba a su invitados con los mejores manjares, platos llenos de armonía nutritiva y perfectamente maridados con buenos vinos de todos los colores. El colofón siempre era con Champagne francés. Ni en esas ocasiones especiales se permitía el lujo de romper sus propias disposiciones e ignoraba esos excelentes caldos.

No fumaba, no bebía y su alimentación era equilibrada, ligera y adaptaba diariamente a las calorías que necesitaba. Así el día que le tocaba hacer deporte era una com más proteínas y carbohidratos que los días más sedentarios donde abundaban entonces las verduras y frutas. No dejaba nada al azar. Todo lo tenía controlado y previsto en su casa. Sabía exactamente a qué hora se tenía que levantar y se aseaba siempre con el mismo ritual. Y así durante todo el día. Naturalmente no sabía improvisar y cuando le asaltaba un sobrevenido casi siempre le daba un soponcio. Se ponía enfermo de ansiedad y más de una vez acababa en el hospital, con la bolsa y el neceser preparados por si se tenía que quedar ingresado. Llegó a creerse que podía dominar su destino …y el de los demás.

Con sus hijos era estricto y poco condescendiente. Pretendía construirlos a su imagen y semejanza. Los aleccionaba moralmente para que fueran individuos socialmente perfectos, como él. No les faltó de nada si dejamos fuera del recuento la empatía, la tolerancia, la flexibilidad y el perdón. Lo que más odiaba en el mundo eran la debilidades humanas y quería que los de su estirpe fueran inmunes a esa falta de carácter.

Siendo así no es de extrañar que aquel día casi perdiera la vida por la vergüenza y el escarnio público que sufrió. Por fin tomaba de su propia medicina. No le ofendía tanto el menosprecio de los demás sino el suyo propio. Todo lo que había edificado en base a una forma de vida perfecta de cara a la galería, se había ido al traste en un momento. Hasta su mujer y sus hijos lo sancionaban con sus miradas porque no se atrevían a manifestarse de otra manera.

Nunca pensó que sería un animal y no una persona quien lo pusiera en evidencia. Ese funesto día salió a pasear a su perro a las siete de la mañana, justo antes del aseo personal como marcaba su programa. El can tenía que hacer sus necesidades mayores y también las requerían el levantamiento de la extremidad posterior, a la misma hora y en las mismas farolas y rincones. Solía ser así casi siempre , pero en el reino animal las normas humanas no siempre se pueden cumplir y nunca son comprendidas. Humanizar a un perro es uno de los grandes errores de los que confunden respeto con igualdad.

El cachorro tuvo un apretón cosa bastante normal en cualquier forma de vida animal y humana. Se detuvo súbitamente de regreso a casa. Adoptó la postura para expeler sus miserias a pesar de los tirones que su dueño le daba para que desistiera de la idea porque no tocaba hacerlo ahora. Cabezón, el chucho siguió apretando y cerrando los ojos para concentrase al máximo y acabar con ese trance lo más rápido posible. Dejó una plasta compacta y formando una espiral geométricamente perfecta, como cabía esperar de su perro. El animalito levantó la mirada y sus ojos adoptaron una caída tristona para la que estaba especialmente dotado. Se la sostuvo de forma tierna y profunda como diciendo: «lo siento, no podía aguantar más, al menos ha quedado bonita…»

Ante esta adversidad no pudo reaccionar porque no lo había previsto. Pronto se percató de que no le quedaban bolsitas para recoger los excrementos. Solo había cogido una porque nunca necesitó dos, pero hoy su mascota había decidido hacerle la vida imposible. Se le vino el mundo encima, «¿y ahora qué hago?», se preguntaba. Mientras tanto el perro seguía con su mirada melancólica esperado una orden precisa para levantar las posaderas del suelo.

Se notó el pulso acelerado. Miró a hacia un lado y el otro. Miró también a su perro como buscando su aprobación. Como era de esperar esta no llegó no por ser un indisciplinado sino porque ni hablaba ni sabía interpretar a su dueño. Le dio un par tirones a la correa como indicando que se pusiera en marcha. El can no atendió porque sí sabía que antes de marchar aquel mazacote había que recogerlo. Esta vez el tirón fue tan fuerte que lo levanto del suelo. Siguió tirando de él hasta entrar en su casa dejando los pestilentes residuos allí donde los había depositado el cuadrúpedo.

Se dejó caer en el sillón abatido. Cuando recobró la serenidad repasó todo lo sucedido y se sintió reconfortado pensando que nadie le había visto. Pero nada más lejos de la realidad. A unos metros detrás de él, se encontraba viendo toda la escena uno de sus alumnos que también estaba paseado a su perro. Aquella visión de incivismo le dejó boquiabierto y no se le ocurrió otra cosa que gravar con su teléfono toda la secuencia.

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AJUSTE DE PESADILLAS

Me desperté angustiado al notar como mis dientes se desprendían sin remedio de las encías. Me incorporé rápidamente para vez si podía frenar esa súbita deserción. Coloqué las manos en forma de cuenco para recoger las piezas que caían sin necesidad de ser escupidas. Cuando me quise dar cuenta noté como las encías chocaban certificando la defunción total de sus ocupantes. Mientras miraba mis manos repletas, pensaba en el atracón que se iba a pegar el «Ratoncito Pérez».

Pero mi congoja no acabó allí. Observé que estaba rodeado de pelos. Me palpé la cabeza y estaba totalmente desierta. Miré la almohada y allí estaba el manto capilar que había decidido abandonarme también. «No puede ser. Esas pesadillas nunca se habían mostrado a la vez y en el mismo sueño». Cerré los ojos pensando que cuando los abriera de nuevo todo volvería a la normalidad.

Pero no fue así. Escuché como la puerta de mi casa se cerraba de golpe. La luz del pasillo proyectó una sombra que no pude identificar. Salí huyendo por la ventana y ascendí por la escalera de incendios hasta la azotea. Miré hacia atrás y la sombra me perseguía. Desnudo, sin dientes y sin pelo seguí en retirada. Sabía que me pisaba los talones. Aunque quería no podía ir más deprisa, una fuerza invisible parecía frenarme. Llegué al abismo donde se acababa la terraza. Volví a mirar y no vi a nadie, pero sabía que estaba allí, escondida al amparo de alguna penumbra.

Tenía frío y el corazón desbocado. Noté como me empujaban y caía inevitablemente al vacío. Veía cómo se acercaba el suelo. «Definitivamente esto es un sueño». Intenté relajarme con esa idea. Cuando ya estaba cerca del final vi como un gato negro estaba justo debajo de donde debía aterrizar. Me miraba y no se apartaba. «Lo aplastaré, al menos me llevaré eso conmigo». Sonreí con ese pensamiento. «Pronto despertaré».

Me encontraron empotrado en el asfalto. El golpe fue tan fuerte que no me quedó un solo miembro en su sitio. El gato negro se estaba dando un festín.

ASHANTI

Milagros había visto de todo durante los tres años que llevaba en África como enfermera voluntaria, pero aquel día cambió su destino para siempre. Atendían un parto complicado de una mujer que estaba pariendo a sus gemelos prematuramente. Tuvieron que elegir si destinar todos los esfuerzos a salvar a los niños o a la madre. El médico decidió que eran los niños quienes debían tener la oportunidad porque ella estaba perdiendo mucha sangre.

La choza de cañizo que se utilizaba como quirófano estaba sucia y las moscas revoloteaban incansablemente. El hedor era insoportable y a él acudían, como buitres, famélicos gatos negros. Carroñeros que olían la sangre y daban vueltas alrededor de la mesa improvisada como paritorio a la espera de ese manjar en forma de vísceras y sangre.

Se quedó mirando a la madre que, sin decir nada, lloraba sabiendo lo que le esperaba. Su ojos muy abiertos parecían pedir la oportunidad que nunca había tenido. Para ella parir era una cosa cotidiana y ordinaria. Ya había proporcionado nueve hijos a aquella naturaleza salvaje que, contra pronóstico, todavía sobrevivían. Estaba acostumbrada a que nadie la mirara directamente a los ojos, a que nadie la tuviera en cuenta. Era invisible en aquella sociedad. Su marido la violaba tantas veces como quería desde que fue vendida por su propio padre. Por eso lloraba. Porque la vida nunca contó con ella. Si le hubieran preguntado, habría dejado que la naturaleza dictara sentencia y así quizá se podría ocupar de ella, de sus nueve hijos y esperar que a su marido lo matara alguna tribu enemiga.

Milagros compendió perfectamente la llamada de auxilio que aquellos expresivos ojos le lanzaban, pero no intentó hacer nada para cambiar la opinión médica que estaba tomada con buena voluntad pero con mentalidad occidental. Finalmente no sobrevivió ninguno. Ni los niños ni la madre.

¿Cómo se llamaba? —preguntó a la voluntaria nativa.

Ashanti.

¿Y qué significa?

Gracias.

EL LÍDER

Entró, como siempre, con una sonrisa y la barbilla bien alta. Los incisivos desprendían un destello canino como el que muestran los depredadores para embaucar a sus presas. Caminaba balanceando el cuerpo como los antiguos pistoleros esperando que lo aclamasen porque no se merecía menos. Saludó con evidente exageración confundiendo la cercanía con la payasada. Se colocó delante de las cámaras sin preocupación, concienzudamente y seguro de su atractivo personal. Abrió la carpeta llena de anotaciones esquemáticas con las que pretendía demostrar su pasado docente.

Se puso a hablar lentamente, marcando muy bien las frases y las entonaciones, poniendo calculadamente el énfasis en las palabras que quería que quedaran registradas en los cerebros de quienes le escuchaban. Hablaba impartiendo lecciones y sentencias. Era de esas personas que se escuchaba cuando hablaba y ponía una voz grave e impostada.

Se dedicó a expeler frases donde abundaban, hasta la saciedad, palabras como pueblo, expulsar, popular, casta, voluntad, lucha y expresiones como justicia social, revolución del pueblo, la lucha sigue, no olvidamos, etc… Lanzaba ideas y pensamientos sobre un mundo supuestamente perfecto, con las que era imposible estar en desacuerdo porque todo el mundo quería la paz, que las enfermedades fuesen erradicadas y que los niños no se murieran de hambre. Él hacía de eso su forma de ganarse la vida: obviedades revestidas de discurso ideológico vetusto.

Las masas le seguían porque decía lo que querían escuchar y él lo sabía. Cuando quería que el auditorio reflexionara sobre lo que había dicho, hacía una pausa para beber. Lo hacía lentamente con los ojos cerrados como si diera las gracias a la naturaleza por poder disfrutar todavía de el líquido elemento antes de que el capitalismo se lo cargara.

Cuando finalizó, empezó a aplaudirse para provocar y enseñar el camino que tenía que seguir la multitud que lo escuchaba. No permitió que nadie, que no estuviera pactado y preparado previamente, le hiciera preguntas. Solo entonces se retocó su melena perfectamente desaliñada y le dedicó una mirada a ella. Buscaba su aprobación, como un niño que busca la de su madre cuando le presenta las notas de final de curso.

¿He estado bien? —le preguntó una vez que se encontraban solos.

Muy bien. No has visto como se lo han tragado todo.

Creo que deberíamos cambiar un poco el contenido del discurso, es cansino y repetitivo.

Por eso es efectivo. De tanto repetirlo al final quedan las dos ideas principales claras y ¿es eso lo que queremos?

¿No se trata de gobernar?

Suerte que me tienes a mí. Se trata de que te sigan ciegamente. De que no se cuestionen nada de lo que dices. Solo en ese momento dominarás su voluntad y podrás decir que tu poder emana del pueblo.

Pero..

No hay nada que discutir. El fin justifica los medios. La democracia es para los burgueses…Lo nuestro es la revolución.

Y el revolcón, compañera. No te olvides.

Volvió a resplandecer en la habitación la sonrisa estudiada justo antes de que se besaran.

EL PARQUE (Verde)

Continuación de “La maleta”

Amaneció el día sombrío y pesado. La noche no había sido suficiente para que las nubes se dispersaran del todo. Ellas tenían una especie de preeminencia que nadie se atrevía a cuestionar. Se encontraban como en casa. Ejercían tiránicamente su presencia durante la mayor parte del año, descansando algún día para no asfixiar del todo a los que vivían bajo sus grisáceos mantos. Para compensar tanta tiniebla, les regalaba vastas extensiones de terreno fértil y verde. Incluso en la gran ciudad se abrían camino entre el asfalto grandes parques colonizados por viejos árboles, que resistían el paso de los años sin apenas inmutarse y proporcionando grandes sombras donde apenas era necesario. Una más de las grandes contradicciones de este mundo. Sorprendía observar cuantos tonos diferentes de color verde se podían dar en esos bosques urbanos. De vez en cuando la saturación de ese color se rompía cuando una despistado rayo de sol se colaba entre las ramas de algún árbol. Ni siquiera un día tan especial como aquel era motivo suficiente para dejar paso a que el sol alumbrara el feliz acontecimiento.

La noche la pasó entre reflexiones y paseos nocturnos para saciar las necesidades que le recordaban que pertenecía al reino animal. Entre unas y otras alguna cabezadita lo suficientemente profunda y larga como para tener algún efímero sueño. Cada noche se decía que no pasaría ni una más sin recordar las grandes historias que soñaba, pero en el mismo momento de abrir los ojos, se desvanecían por completo. Solo le quedaban las sensaciones y con ellas era capaz de inventar un relato mágico para deleitar su vanidad. Pero se sentía tramposo con ello. Unos años antes, le había obsesionado tanto ese asunto que en la mesita de noche siempre tenía un bloc de notas y un bolígrafo para escribir cualquier recuerdo de la fantasía, pero nunca llegaba a tiempo. Pensó que tal vez la tecnología le ayudaría y se compró una grabadora, con el mismo resultado decepcionante. Luego intentó pasar las noches en vela , pero claro, entonces no soñaba. Desesperado se puso en manos de médicos que medían el sueño y después de varias noches conectado a no se sabe cuántos monitores, lo único que consiguió es que le descubrieran que padecía apneas. Nunca quiso saber qué significaba eso porque con ese nombre tan raro sospechaba que no le serviría para nutrir su imaginación. Por fin su mujer, después de muchas noches en blanco y cansada de darle codazos, le dijo que roncaba.

Allí en medio de aquel parque, rodeado de casas, rascacielos y calles atestadas de vehículos, el silencio era sorprendentemente absoluto. Era tan diferente del lugar de donde venía que a su ojos les costaba adaptarse a tanto color verdoso. Donde fuera que mirara lo único que veía era vegetación. Le decían que incluso se podían encontrar zorros por aquellos lugares. Se había propuesto visitar el mayor número de zonas verdes que pudiera durante su corta estancia en esa ciudad que, aunque la había visitado en numerosas ocasiones, la desconocía por completo.

Huele a hierba fresca, pero es mentira. La frescura se nota no se huele. ¿A qué huele la hierba? Mientras paseaba por aquel tapiz de césped salvaje notaba su fragancia, pero no sabía describirla. Se le mezclaba con los aromas que el viento arrastraba de las plantas y arbustos. También distinguía el característico olor metálico que anunciaba lluvia y quién sabe si no una tormenta. Dudó si buscar refugio ante el infalible anuncio o guarecerse bajo una de las grandes copas solo para poder percibir otro olor muy apreciado: el de la tierra mojada.

Miró el reloj… llegaba tarde. El tiempo se le había pasado muy rápido gozando de aquellos prados metropolitanos. No solo él disfrutaba de la paz y el silencio que le permitían adentrarse en sus pensamientos más profundos, también se cruzó por el camino con caminantes de todas las edades, ciclistas, corredores, fotógrafos, poetas, parejas de enamorados, buscadores de insectos, observadores de pájaros, caballos y jinetes vestidos con elegancia y ofreciendo una preciosa estampa. También fantaseó con algún pervertido escondido entre matorrales al acecho de alguna criatura y practicando el onanismo o degenerados esperando el momento para mostrase desnudo. En el peor de los casos, ya que estaba en la ciudad de Jack el Destripador, un asesino agazapado esperando a su presa para descuartizarla. Pero eso no lo vio, eso fue producto de su imaginación otra vez que, ante aquellos parajes tan llenos de vida a pesar de la ausencia del sol, le estaba provocando delirantes historia que algún día contaría.

La atmósfera no jugaba de farol. Acababa de cruzar la verja del parque cuando se le vinieron encima millones de gotas de agua que caían del cielo sin remedio. No le dio tiempo a desplegar el minúsculo paraguas que había comprado a un vendedor ambulante, antes de quedar empapado. No corría; tampoco se desesperaba. En su rostro se advertía satisfacción. Regresó al hotel. Se tenía que preparar para el acontecimiento del año.

LA MALETA

Solo, en un lugar conocido pero ajeno. El silencio se rompe de vez en cuando con el rugir de sus vísceras que clamaban por tener un poco de paz después del maltrato que habían padecido últimamente. Por la ventana entraba el sol cansado de media tarde , ese que parece pedir a gritos que la noche le sustituya. Hoy ha tenido un trabajo muy intenso: las nubes estaban juguetonas e insistían en ponerse en medio y él ha tenido que lucir más fuerte cuando tenía la oportunidad. Se han ido alternando el protagonismo a lo largo del día.

La estancia en la que estaba era agradable, incluso bucólica. Se respiraba un ambiente propicio para la lectura o para tomar un té si le gustara. Él era más de café, ahora se conformaba con unas hierbas extrañas que siempre había creído que eran para fumarlas. Tenía el libro abierto pero no leía. Se estaba dejando llevar por sus pensamientos… Acababa de empezar una de sus visitas interiores, estas siempre deparaban sorpresas y más cuando ahora había más espacio.

La Luz entraba tenuemente por la única ventana dulcificando las sombras de la habitación. Volvió a la lectura aunque no pudo superar las dos primeras líneas. Pensó en el viaje que acababa de hacer. Había sido largo y lleno de escalas. Había utilizado casi todos los medios de transporte: coche, tren , avión, metro y autobús . Solo le faltó navegar , aunque el mar sí lo vio desde las alturas. También esperó mucho, no de la vida ni de nadie, sino a que llegara el avión. Mientras lo hacía practicaba su deporte preferido: observar.

Lo hacía de forma natural. No tenía que calentar previamente para al alcanzar un estado de contemplación absoluta. Le daba igual que fuera un aeropuerto atestado de gente, en cualquier lugar podía llegar a la sublimación. Era capaz de escanear todo lo que le rodeaba sin apenas esfuerzo. No solo se trataba de mirar, sino de ver y sentir. La fusión del sentido y la sensación creaban una imagen que solo podía describirla escribiendo. Imposible dibujarla y mucho menos fotografiarla. Los dedos golpeaban sobre el teclado las palabras que el cerebro le transmitía directamente, sin filtros. Fluían velozmente y se encadenaban de forma perfecta. No hacía falta corregir ni repasar. Quedaban plasmadas en el orden deseado. Aquel que las leía se hacía un composición única y particular.

Esta vez lo que le llamó la atención fueron las maletas. Los amplios pasillos de la zona de facturación estaban llenos de gente andando y corriendo de arriba abajo agarrados a una maleta. Las había de todas las formas y colores. Parecía imposible que no se repitieran más los modelos como si ocurre con otros enseres cotidianos. Sí había algo en común en la inmensa mayoría: predominaba el tamaño medio, aquel se se podía subir al avión. En los viajes de corta duración y media distancia se había impuesto esa medida. No eran pocas las broncas dentro de la aeronave cuando los últimos en entrar encontraban ocupados todos los compartimentos. El personal de a bordo se afanaba en zanjar los conatos de conflicto con una determinación envidiable. Había que evitar el alboroto en un lugar tan pequeño y lleno de gente.

Pronto pudo establecer una clasificación simple sobre las maletas y sus propietarios. Todas ellas tenían ruedas para transportarlas más cómodamente. Eran pequeñas pero resistentes. Parecía imposible que sobrevivieran al maltrato al que las sometían, sobre todo cuando tenían que salvar escalones o bordillos. Pero no era eso lo mas curioso. Lo sorprendente era que había dos formas humanas de llevar la maleta. Había quien la arrastraba como una pesada carga y quien la empujaba con determinación dando la sensación que esta se deslizaba con liviandad.

No pudo evitar preguntarse cómo transitaba él por la vida.

LA HABITACIÓN DE LOS SUEÑOS INDUCIDOS

La tecnología nos ha proporcionado tantos ruidos diferentes en forma de avisos acústicos que al final, forzosamente, se han de repetir.

Me despertó el pitido del microondas. Pensé que alguien me acababa de preparar el desayuno. No hay mejor estímulo para mí por las mañanas que un buen café con leche y magdalenas, incluso las mejores reflexiones me salen ante ellas. Estas son al desayuno lo que una ración de oreja al aperitivo: imprescindibles.

Al abrir los ojos comprobé que todavía estaba en la cama del hospital que me tenía postrado desde hacía unos días. Así que la señal sonora podría corresponder a alguno de los artefactos a los que me tenían conectado.

A veces los sueños se confunden con la realidad , pero en este caso yo he confundido los sueños propios con aquellos inducidos. Estos últimos son intrusos y se peleaban con los primeros para ocupar mi mente.

La forma de vivir los sueños inducidos es como la de esos juegos de realidad virtual: las cosas suceden de forma acelerada a tu alrededor. Tú eres el sujeto principal y las sensaciones te asaltan compulsivamente por todos los rincones que tu campo visual permite. El cuerpo se sacude a los numerosos y desordenados estímulos que recibes sin poder evitarlo. Los personajes no son tuyos ni de tu imaginación, nunca han estado en tus pesadillas y las historias nada tienen que ver con tus fobias o anhelos. Es un sueño ocupante.

Al entrar en aquella habitación ya noté que flotaba una atmósfera diferente, más cargada. Tenía la sensación de no estar solo. Comencé a inquietarme imaginándome que por allí vagaban las almas de los que habían ocupado aquel espacio antes que yo. Fantaseé con que por allí flotaban las historias personales de todos ellos. Me pregunté por qué se habían quedado allí una vez que los inquilinos abandonaban la estancia. Seguí elucubrando sobre la suerte que corrieron y si ese era el motivo de esas presencias invisibles.

Los médicos me decían que era normal tener esas alucinaciones, que eran producto de los potentes fármacos con los que trataban de mitigar los dolores provocados por la intervención quirúrgica. Yo les mostraba mis dudas al respecto y ellos me sonreían condescendientemente. Estaba convencido de que aquellos delirios no nacían de mi imaginación, sino que se mostraban para que yo los pudiera ver y sentir… Lo creo porque lo que pasaba antes mis ojos cerrados no tenía mucho sentido, pero sí estaba cargado de muchísima emoción. Podía advertir el sufrimiento, la aflicción y la angustia. La alegría y la tristeza, la esperanza y la desesperación. La ira, el odio, el amor, la traición, el resentimiento, la bondad, la inocencia y sobre todo el miedo.

¡Buenos días!

¿Quién es usted? —pregunté al aire porque no veía a nadie.

Soy la enfermera.

No la reconozco.

Soy especial, solo actúo en esta habitación

¿Cómo dice?

Soy la enfermera de la habitación de los sueños inducidos.

Quise reír, pero aborté el intento al notar los espasmos dolorosos en mi abdomen.

¿Así se llama esta habitación?

Efectivamente. Aquí están concentrados los sueños inducidos de todas las personas que han pasado por aquí antes que usted. Soy la encargada de velar por ellos y sobre todo de ordenarlos y ponerles dueño.

¡Venga ya! —exclamé asustado al comprobar como se parecía aquello a lo que yo había pensado. Estaba totalmente confuso.

Acaba de tener uno de esos sueños y es importante que sepa su nombre.

¿Cómo lo sabe? — le pregunté mientras le alargaba el brazo para que pudiera ver la etiqueta con mis datos en la pulsera hospitalaria.

Los sueños inducidos solo suceden una vez. Nunca se repiten. Por eso es importante saber de quién pudo haber sido.

Pero lo que yo he visto no tenía ni pies ni cabeza.

Sí, pero al menos sabemos a qué personas corresponden aunque no se le puede asignar a cada una el suyo porque se mezclan caprichosamente y se presentan ante el próximo residente de forma totalmente desordenada.

¿Y qué importa de quienes son?

No todos los sujetos soñadores sobreviven, yo me encargo de mantenerlos vivos en el recuerdo y así vamos formando una cadena entre los que están y los que se han ido. Mientras alguien se acuerde de ellos vivirán para siempre.

¿Y eso solo sucede en esta habitación?

Sí. Es ella, manipulando al destino, quien decide qué pacientes la ocuparán.

Creo que ha visto muchas películas…

Un día caminará por la calle y se cruzará con una cara que le sonará muchísimo. Tendrá la sensación de haberla conocido, pero será incapaz de ubicarla. Se pasará días enteros pensado en ello porque tiene el convencimiento de haber convivido estrechamente con ella. No se habrá vuelo loco. Seguramente antes que usted ha ocupado esta misma habitación y han compartido el mismo sueño inducido.

Miré ¿Sabe lo que le digo?…No me creo…

Una ligera corriente de aire cruzó la habitación seguida de un fuerte golpe de la puerta al cerrase. Me sobresalté.

Buenos días, ¿Qué tal ha pasado la noche? Vengo a tomarle las constantes vitales…

¿Quién es usted?

Sr. Pardillo, ¿No me reconoce? Soy la enfermera de día…

Pero… pero… ¿No ha pasado usted antes por aquí?

Pues sí, cada mañana. Veo que ha tenido un sueño profundo…Eso es bueno.

¿Cómo se llama esta habitación?

Está usted en la número 69

¿Ha ocurrido algo en esta?

Claro. Muchas personas han recuperado la salud aquí…¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le traiga un calmante?

¡No! Quiero que se acerque y me dé un bofetón.

¿Se ha vuelto loco?

Bueno, pues deme un beso —sonreí al ver su expresión de sorpresa.

Buen intento. Es usted muy original Sr. Pardillo…

No, de verdad, por eso le pedía un bofetón. Un pellizco o un pinchazo también servirán…Quiero sentir dolor para confirmar que estoy despierto.

Se acercó más a la cama y se inclinó hacia mí. Pude notar su perfume y los latidos de su corazón. Cerré los ojos esperando …